El incidente del equinoccio de otoño

En este blog acostumbro a hablar de ciencia en general y de astronomía en particular, pero en esta ocasión voy a relatar una historia del fantasma de la guerra, de superpotencias, de un momento muy crucial de la historia reciente, pero que en cierto sentido, tiene que ver con la astronomía, alineaciones planetarias, y los ingenios espaciales, aunque estos sean militares.

Stanislav Petrov

Septiembre de 1983, la guerra fría entre la antigua URSS y EEUU se encuentra en un punto álgido. Ambas potencias se muestran antagónicas y desconfiadas, mucho más que otras veces desde la finalización de la segunda guerra mundial.

El mes comienza con un fatídico augurio, el día 1 la Unión Soviética derriba un avión comercial surcoreano, un Boeing747 de la compañía Korean Air Lines en vuelo de Nueva York al aeropuerto internacional Seúl-Kimpo (actualmente aeropuerto Gimpo). Dos cazas soviéticos tipo Sujoi SU-15, lo interceptan y atacan con misiles que impactan en la cola y el fuselaje, el 747 cae en espiral al mar a 55 km de la isla Moneron. No hay supervivientes entre los 240 pasajeros y 29 tripulantes.

La reacción de repulsa internacional, principalmente EEUU y Corea del Sur, no se hace esperar. Entre los fallecidos está el congresista estadounidense por Georgia, Larry McDonald, y varios ciudadanos norteamericanos. La Unión Soviética inicialmente argumenta, que desconocía que el avión era civil y afirma que el 747 había violado deliberadamente en dos ocasiones el espacio aéreo soviético. Estados Unidos tiene una fuerte justificación para endurecer su postura en el contexto de la guerra fría.

La situación entre ambas potencias se deteriorada hasta el extremo de que algunos expertos han declarado que en aquel momento, todo el sistema soviético estaba convencido de que un ataque nuclear de Estados Unidos a la Unión Soviética, era algo más que una posibilidad, solo era cuestión de tiempo. Una tensa situación, en la que los nervios, las malas interpretaciones, o un accidente fortuito, podía desencadenar la tercera guerra mundial. Un escenario donde directa o indirectamente perecerían miles de millones de personas, infinidad de formas de vida y con drásticas consecuencias en el medio ambiente a escala planetaria.

Todo un demencial y paranoico panorama que nos constextualiza los hechos acaecidos en un búnker del centro de mando soviético de satélites de alerta temprana, solo tres semanas después del incidente del derribo del 747.

El nombre de Stanislav Petrov es bastante probable que no nos diga nada, aunque es el protagonista de nuestro relato. Una historia breve e intensa que se desarrolló algo después de la media noche del 26 de septiembre de 1983, en las cercanías de Moscú.

Esa noche, el teniente coronel de las Fuerzas de Defensa Aérea Soviética, Stanislav Petrov, era el oficial de guardia del bunker Serpukhov-15, cuyo nombre en clave era “oko” (ojo). Su misión era la de notificar a sus superiores si se detectaba un ataque inminente, mediante la red de satélites de alerta temprana. El protocolo a seguir se basaba en la idea de “destrucción mutua asegurada, lo que implicaba que cualquier lanzamiento detectado, seria respondido inmediatamente con un contraataque nuclear dirigido a los Estados Unidos.

A las 00:14, hora de Moscú, la computadora indicó que un misil balístico intercontinental había sido lanzado hacia la Unión Soviética desde un silo localizado en Montana. La pesadilla se hizo realidad, alguien había apretado el botón al otro lado del mundo. Petrov se quedo congelado, según sus palabras “no pude moverme“. La alarma se apoderó del bunker, en 20 minutos un numero inconcebible de ciudadanos soviéticos serian borrados de la faz de la tierra.

El tiempo corría en su contra y Petrov debía de informar a la cadena de mando, sin embargo, decidió evaluar la situación, no era concebible el inicio de un ataque de esta naturaleza con un solo misil, los Estados Unidos se arriesgaban a recibir un ataque masivo sin infringir un daño severo a su enemigo.

Petrov era el único miembro del selecto grupo que había sido formado para este trabajo, que tenía una formación civil, era especialista en informática, y albergaba dudas de la fiabilidad del sistema, siguiendo su instinto, anulo la alerta.

Pocos minutos después la computadora informo del lanzamiento de un segundo misil, seguido de un tercero, un cuarto y un quinto. El mensaje de la pantalla cambio de “lanzamiento” a “ataque”, en el búnker era difícil mantener la calma. Petrov, como oficial al mando, comenzó a dar órdenes. Verificó si había confirmación por parte de los sistemas paralelos e independientes que configuraban la red, sin embargo, solo ellos tenían constatación formal de lanzamiento de misiles por parte de Estados Unidos.

La gente no empieza una guerra nuclear con solo cinco misiles” pensó, y nuevamente decidió que todo debía ser un fallo, falsos positivos. Si estaba equivocado o no, pronto lo sabrían. El tiempo paso más allá de los veinte minutos en los que se esperaban las detonaciones nucleares en suelo soviético, pero nada ocurrió. Petrov había evaluado correctamente la situación.

Inmediatamente después, se puso en contacto con el oficial de guardia del cuartel general del ejército soviético, para reportar un fallo en el sistema. Su actuación Inicialmente fue elogiada, pero unos días más tarde se le sometió a un intenso interrogatorio. El dictamen de la comisión de investigación fue claro, el diagnosticado de error había sido correcto, no obstante, no se había seguido el protocolo establecido de informar inmediatamente a la cadena de mando. No fue castigado, pero si degradado a un puesto de menor responsabilidad. Petrov ya no era un oficial fiable, el programa de entrenamiento al que había sido sometido, había sido intenso, y las instrucciones de procedimiento muy claras, ningún eslabón inferior de la cadena podía tomar decisiones de ese calibre.

Muchos analistas de la guerra fría estiman que de haberse reportado los lanzamientos de inmediato, se habría generado una cadena en la que nadie se hubiera comprometido a dudar de la fiabilidad del sistema. La probabilidad de que el incidente hubiera degenerado en un ataque masivo contra los Estados Unidos era evidente, sobre todo si se tiene en cuanta la gran paranoia nuclear de los máximos responsables soviéticos de la época. Según declaraciones del mismo Petrov en un mini documental del Canal Historia “Conmigo como primera fuente de información, el peligro era que, tan pronto que yo decidiera que el misil era real, el resto de la cadena de mando quedaría condicionado por mis conclusiones. Es como la regla de los gallos en el gallinero. El primer gallo empieza a cacarear, y los demás le hacen coro, por todo el pueblo“.

¿Qué fue lo que realmente ocurrió?

La red de satélites soviéticos de alerta temprana, era relativamente nueva en 1983, su misión era  alertar de forma inmediata un lanzamiento enemigo. Los satélites situados en la órbita terrestre, monitoreaban los silos de misiles occidentales, con el objeto de detectar el encendido inicial y la estela de los motores de propulsión de los ICBM (misiles balísticos intercontinentales) portadores de cabezas nucleares.

La investigación posterior sobre los hechos ocurridos el 26 de septiembre en el búnker Serpukhov-15, conocido como el “incidente del equinoccio de otoño“, concluyó que el error del sistema se produjo por una extraña y poco probable alineación de los rayos solares y las nubes, lo que provoco destellos de luz que las computadoras identificaron como el lanzamiento de misiles. Una falsa alarma, y aquí entra la astronomía, originada por una inusual confluencia astronómica de la Tierra, el Sol, y la posición especifica de los satélites de observación.

Difusión pública

Petrov no sabía aquella noche que la luz del Sol y la nubes podían engañar, según qué posición de los satélites, a estos, pero su intuición fue correcta, y su decisión afortunada para el resto de la humanidad.

La historia se mantuvo en secreto durante 10 años. La atmosfera de secretismo y conspiración entre las dos grandes potencias, no era propensa a revelar una falla de esta naturaleza. En realidad, un incidente así era considerado una vergüenza para el pueblo soviético, y todo se escondía tras el telón de acero. En occidente la situación era equivalente, los secretos y la animadversión eran mutuas.

El asunto se hizo público en la década de 1990, con la publicación  de las memorias del general Yury Votintsev, que en 1983 era comandante de las fuerzas de defensa de misiles de la defensa aérea soviética, y a la postre, el primero en escuchar el informe de Petrov.

Años después de aquella noche de septiembre, Petrov fue retirado del servicio activo, y alojado en un anónimo apartamento de dos habitaciones en las afueras de Moscú, con una pensión mensual equivalente a 200 dólares. Durante años se mantuvo en silencio, incluso su esposa se enteró mucho tiempo después. A fin de cuentas, ahora era un ciudadano anónimo sin ninguna responsabilidad importante. Es difícil saber cómo sería el mundo actual si Stanislav Petrov hubiera seguido estrictamente el protocolo para el que fue entrenado. Quizás, fue el hombre adecuado, en el momento adecuado.

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Un comentario en “El incidente del equinoccio de otoño

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